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¿Por qué nos complicamos la vida?

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El conflicto lleva al resentimiento, el rencor, la amargura y hasta el odio. Si no se confronta, destruye. Una tarde, mi esposo, Dave, y yo íbamos a recoger a otra pareja, para salir a cenar con ellos. Habíamos estado en su hogar sólo una vez, y había pasado cierto tiempo desde esa primera visita. En nuestro camino hacia allá, Dave se volvió a mí y me dijo: "Creo que no me acuerdo de cómo llegar a la casa".

"¡Oh, bueno, yo sí!", dije rápidamente, y procedí a darle indicaciones. "Realmente, creo que no es el camino correcto para llegar", dijo él. "¡Dave, nunca me escuchas!", exclamé. Mi tono y lenguaje corporal le hicieron saber que yo no apreciaba su cuestionamiento. Ante mi persistencia, finalmente, Dave accedió a seguir mis indicaciones. Le dije que nuestros amigos vivían en una casa color marrón en un callejón sin salida al final de tal y tal calle. Mientras conducíamos, le di indicaciones en cada vuelta.

Mientras nuestro auto daba la vuelta en la calle donde yo creía que estaba la casa, noté una bicicleta en la vereda. "¡Yo sabía que ésta era la calle correcta!", dije, "¡porque recuerdo esa bicicleta tendida ahí la última vez que estuvimos aquí!". Condujimos hasta el final de la calle, y ¿adivine qué? No había una casa marrón, no había un callejón sin salida. Estaba totalmente equivocada.

Desearía poder decir que éste fue un incidente aislado, pero no puedo. Armé un lío tremendo en mi vida y mis relaciones durante muchos años, y fui una persona realmente difícil de tratar. Siempre estaba en conflicto con algo o con alguien. Yo amaba a Dios, había nacido de nuevo, estaba bautizada en el Espíritu Santo y tenía en mi vida un llamado a un ministerio tiempo completo, pero también estaba muy herida y enojada.

Crecí en un violento y tormentoso hogar, y mi niñez entera estuvo llena de miedo, vergüenza, y culpa. Mi padre abusó de mí sexual, física, verbal y emocionalmente desde que tenía tres años hasta que dejé mi hogar a los dieciocho. Nunca me obligó físicamente a someterme a él, pero sí me forzó a pretender que me gustaba lo que él estaba haciendo. Usaba la ira y la intimidación para controlar a los otros miembros de la familia y a mí.

Un día, cuando tenía dieciocho años, me fui del hogar paterno mientras mi padre estaba fuera trabajando. Poco después, me casé con el primer joven que mostró algún interés en mí. Mi primer esposo era un manipulador, un ladrón y un estafador que normalmente estaba desempleado. Una vez, me abandonó en California con sólo diez centavos y una caja con botellas de soda.

El abuso, la violencia, las mentiras y la manipulación que tuve que aguantar me hicieron sentir fuera de control. Por supuesto, no puedo dejar de admitirlo. Menos puedo dejar de admitir la intensa furia que sentía. Estaba amargada con respecto a la vida y la gente. Estaba ofendida con los que tenían vidas lindas y no tenían que soportar el dolor que yo tenía. No sabía cómo recibir el amor, la gracia y misericordia de Dios o de cualquier otro.

Incluso, aun después de haberme casado con Dave, seguí haciendo todo lo posible para controlar a la gente y las circunstancias de mi vida y así no volver a ser tan herida. Por supuesto, eso no resultó bien. Todas mis relaciones eran tensas y estresantes, y yo no podía entender por qué. Tampoco podía entender por qué mi ministerio no crecía y bendecía, a pesar de todos los esfuerzos y las oraciones de Dave y míos. Pero cuando fui creciendo en mi relación con Dios, Él empezó a trabajar en mi vida.

A medida que estudiaba la Palabra y todas las promesas que nos da acerca de la paz, volví a quererla para mi vida, y el Espíritu Santo empezó a mostrarme que ese conflicto era la causa de mis problemas. Aprendí a reconocerlo y resistirlo. Ahora, trato el conflicto como a un peligroso enemigo personal que traerá destrucción si no lo confronto.

Como yo, mucha gente está experimentando los estragos del conflicto, pero no lo reconocen como la raíz que causa sus problemas. Culpan a otros o a Satanás, y no se dan cuenta de que ellos mismos tienen el poder de decir "sí” o "no" a la contienda. En vez de quedarse fuera de la contienda, dejan abierta la puerta al conflicto, y pasan tiempo cuestionándose por qué sus vidas son tan difíciles.

Aprenda a reconocer el conflicto

El diccionario define conflicto como: "Combate, lucha, pelea. Enfrentamiento armado". Otras palabras descriptivas que describen el conflicto son: "Apuro, situa­ción desgraciada y de difícil salida". Yo defino el conflicto como una disputa, una discusión, un desacuerdo acalorado o una corriente subyacente de enojo.

La Biblia tiene mucho que decir acerca del conflicto y de los puntos de conflicto como el origen de muchos otros tipos de problemas. Santiago 3:16 dice: "Porque donde hay envidias y rivali­dades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas". Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Asegúrense de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz amarga brote y cause dificultades y corrompa a muchos (Hebreos 12:14-15, énfasis de la autora).

El conflicto lleva al resentimiento, el rencor, la amargura y hasta el odio. Si no se confronta, destruye y devasta. Causa proble­mas y trae tormento a los miembros de la iglesia y al liderazgo de la iglesia, entorpeciendo el trabajo de Dios y contaminando a muchos.

Si una peste mortífera golpeara a una familia, el Departamento de Salud pondría a esa familia en cuarentena. Las autoridades emitirían comunicados para anunciar que la casa está contaminada. Nadie se quedaría en esa casa o cerca de ella, por miedo a ser contaminado o perjudicado. Es necesario que estemos alertas cuando se trata de eliminar el conflicto. Por eso, es muy importante aprender a identificar los síntomas del conflicto, que incluyen:

» Orgullo (o estar a la defensiva)
» Amargura
» Odio
» Enjuiciamiento y crítica
» Engaño y mentiras
» Ira
» Rebelión
» Descontento
» Miedo y negatividad

Cada vez que nos rendimos ante cualquiera de estos sentimientos, abrimos la puerta al conflicto, que es el preludio de la destrucción. ¡El conflicto mata! Mata la unción, la bendición, la prosperidad, la paz y la alegría.

El conflicto no solamente resulta ser un problema entre personas; muchas veces es un proble­ma sin una persona. ¿Qué está pasando dentro de usted? Su atmósfera interior ¿es pacífica o tensa? El conflicto puede, y frecuente­mente lo hace, afectar primero nuestra actitud. Un día, oí por casualidad a una mujer que criticaba el sistema postal. Después de haberla oído hablar sobre repartos tardíos de correo, paquetes perdidos y costo del franqueo, pensé: El enojo de esta mujer le ha robado la paz y el gozo. Cuanto más tiempo estaba enojada con el correo, menos disfrutaba de ir a la oficina postal. Hasta hablar del tema la enojaba.

El conflicto suele iniciarse por una cuestión menor, algo que no hace realmente una diferencia. Por ejemplo, una amiga hace un comentario de que le gusta­ba más nuestro anterior corte de cabello, y lo tomamos como una ofensa. Pero en vez de hablarlo con nuestra amiga y hacer las paces, o extender la gracia, elegimos repetir las palabras una y otra vez en nuestra mente, alimentando nuestro enojo. De ese modo, introducimos el conflicto en nuestra vida. Continua­mos cayendo en el conflicto; y antes de ser conscientes de eso, parecemos estar constantemente enfurecidos.

Si bien típicamente el conflicto logra entrar en nuestra vida a través de una persona, no siempre es así. Algunas veces, nuestro conflicto puede ser con un lugar. Varios años atrás, compré un vestido en un negocio, y el vestido se rompió no mucho después. Cuando traté de devolver­lo, la vendedora se rehusó a recibirlo. Yo estaba muy enojada, porque sentía que era injusto, y le hablé a todo el mundo acerca de este negocio y su mal servicio al cliente. Desalentaba entusiastamente a cualquie­ra que oía que compraría allí. Cada vez que pasaba por ese negocio mientras camina­ba por el centro comercial, comenzaba a sentirme enojada. Si alguien venía conmigo, le repetía la historia y me volvía a sentir disgustada.

Dios empezó a mostrarme que debía olvidar a esa vendedora e igualmente al negocio de vestidos, cuya política no dejaba lugar para ocuparse de mi necesidad. Éste fue para mí un nuevo nivel de aprendizaje con respecto a perdonar. Sabía de perdonar a la gente, pero no a los lugares. Aprendí que estar en conflicto con un lugar es tan peligroso como estar en conflicto con una persona. La única diferencia es que el lugar no tiene sentimientos, pero el efecto sobre la persona que está en conflicto es igualmente destructivo.

La verdad del caso es que si fracasamos en reconocer y resistir el conflicto, eso envenenará nuestras actitudes y empezará a afectar de manera adversa todas nuestras relaciones: eso incluye nuestras relaciones en varios entornos como la escuela, el lugar de trabajo, el hogar y la iglesia.

Lo peor es que, muchas veces, no tenemos idea de cuándo empezaron los problemas o qué hacer con ellos. En Juan 8:31-32, dice: "Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres".

Confronte el conflicto y abrace la paz

El conflicto propaga una infección o enfermedad sumamente contagiosa. Muchos son contaminados y perjudicados por ella. Por eso, Dave y yo trabajamos arduo para mantenerlo fuera de nuestro hogar. Como nuestras personalidades son muy diferentes, muchas veces no pensamos o vemos las cosas de la misma manera. Sin embargo, hemos aprendido a hablar de forma tranquila cuando estamos en desacuerdo, a tener cuidado de no dejar que el orgullo, el resentimiento, la amargura, los celos o el odio se interpongan entre nosotros. Cuando vemos síntomas de conflicto en nuestra relación, inmedia­tamente los confrontamos y restauramos la paz entre nosotros. También hacemos un esfuerzo concertado por mantener las divisiones fuera de nuestro ministerio.

Queremos que nuestro hogar y ministerio sean lugares donde reinen la paz y la armonía. Cuando la gente viene a trabajar con nosotros en nuestro ministerio, nos encargamos de varias cosas durante su entrenamiento. Le decimos que no soportaremos a nadie que provoque conflictos. Les enseñamos a todos a estar atentos a los síntomas de conflicto, como el enjuiciamiento y las críticas, para que cierren la puerta a la disensión y aprendan a llevar sus opinio­nes al Señor o a la persona responsable por su reclamo, no a otros empleados. Los entrenamos para que caminen en amor con los demás empleados, tengan abundante misericordia, y sean rápidos para perdonar una ofensa.

¿Y usted? Oro para que al final de este libro, usted esté muy hambriento de paz, de manera que haga todo lo que sea necesario hacer para mantener el conflicto fuera de su vida. Si debe contender con algo, contienda para mantener fuera la contienda. Sea diligente.

Recientemente, recibí una carta de una pareja que asistió a una reunión que ofrecimos en Florida. Escribieron que durante veintisiete años de su vida de casados, el conflicto y la contienda caracterizaron su relación. Aunque eran cristianos que se amaban mutuamente, nunca habían sido capaces de tener paz en su relación.

Ellos reñían, discutían y no podían llevarse bien. Conocían bien la verdad que aparece en Proverbios 17:1: "Más vale comer pan duro donde hay concordia que hacer banquete donde hay discordia". Irónicamente, en su iglesia, este matrimonio formaba parte de un ministerio de consejería para parejas casadas, aunque ellos mismos vivían bajo condenación, porque no podían hacer en su vida lo que estaban enseñando a los demás.

En la carta que recibimos, escribieron: "Pudimos hacer un gran avance gracias a su enseñanza sobre el conflicto. Nunca supimos cuál era realmente el problema. Pero ahora lo sabemos y, por aquella revelación, podemos vivir en victoria".

El conflicto no tiene por qué destruir su vida. Si desea caminar en victoria, haga lo que esta pareja hizo. Entréguele todo a Dios. No es demasiado tarde. Aprenda a reconocer el espíritu de contienda y confróntelo. Confiar en Dios conduce a la paz. Niéguese a dejarse exacerbar por el conflicto, para poder reclamar la rectitud, la paz y el gozo que son legítimamente suyos como hijo de Dios.


Joyce Meyer es una renombrada maestra de la Palabra y autora de éxitos de ventas como Adicción a la aprobación y Luzca bien, siéntase fabulosa, entre otros más. Este artículo se obtuvo de su libro titulado Una vida sin conflictos, publicado por Casa Creación. Usado con permiso.

 

Comentarios (1)add comment

margarita said:

...
[/bmuy bueno el estudio sobre los conflictos ,pude ver cuan necesario es mantener la paz y la armonia en casa y el la iglesia , dejando las situaciones que no puedo resolver en las manos del señor, muchas gracias por estos mensajes tan valiosos]
 
septiembre 25, 2009
Votes: +9

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