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Ganador en el juego de la vida

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El verdadero éxito no se trata de dinero, ni de sobrepasar a los demás, sino de agradar a Dios y asociarse con Jesucristo en la más grande aventura de la historia. Crecí en Argentina, donde los misioneros estadounidenses trataron de enseñarme cómo jugar básquetbol. Nunca, por nada del mundo, pude llegar a entender cómo girar la bola de manera que cuando golpeara el aro, cayera en el canasto. Cada vez que tiraba la bola, siempre giraba lejos de la cesta. Dado que me negaba a lucir como un tonto, dejé de jugar básquetbol.

Hace mucho tiempo, en un día caluroso, me uní a un grupo de latinos y varios extranjeros en el campo de fútbol. Pensé que era bastante bueno. Pero, de repente, uno de ellos vino trotando hasta mí y dijo: "Luis, ¿por qué no sales del campo? ¡Eres muy flaco! No eres bueno para el fútbol". Y así fue como en el último deporte que pensé que podía practicar, simplemente, me sacaron.

¿Por qué nadie me quiere en su equipo? ¿Y por qué no disfruto practicando esos deportes? El hecho es este: nos encanta ganar y odiamos perder. Nos encanta ganar en los deportes. Nos encanta ganar en los negocios. Nos encanta ganar en la escuela. Nos encanta ganar en el amor. Nos encanta ganar, punto. ¿Por qué? Porque nos sentimos grandiosos cuando ganamos, y deprimidos cuando perdemos.

Amamos el éxito. ¿Y por qué no? Estamos destinados a eso. Dios mismo quiere que tengamos éxito. Antes que Josué guiara a los israelitas hacia la Tierra Prometida, Dios dio a su siervo instrucciones explícitas para ayudarlo a "tener éxito" adondequiera que fuera y a hacerlo "próspero y exitoso" (ver Josué 1:7-8). ¿Cree usted que el Señor quiere algo menos para nosotros?

Hace unos años, pronuncié un discurso de graduación en una universidad cristiana. Exhorté a los graduandos: "Salgan de aquí a tener éxito para Dios. Salgan de este lugar y triunfen. Dios les ha dado una educación fantástica en un contexto cristiano con una base bíblica. Todo está ante ustedes para sobresalir para la gloria de Dios. ¡Así que vayan a hacerlo!".

A juzgar por las miradas que recibí de algunos miembros de la facultad, creo que la parte de "triun­fen" de mi mensaje irritó a algunos de los profesores. Pero lo veo así: ¿Cuáles son sus opciones? Sólo veo tres: éxito, mediocridad o fracaso. ¿Cuál escoge usted? Yo tomaré el éxito siempre, pero no en la versión de la sociedad.

Efesios 2:10 enseña: "Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica". Dios creó obras específicas para que las hagamos a lo largo de nuestra vida aquí en la tierra. Si buscamos la voluntad de Dios, Él nos guiará a las obras que ha preparado. Podría ser guiar con amor a nuestros hijos a la salvación o convertirnos en un médico misionero. Podría significar convertirse en un evangelista y liderar festivales o calladamente sacar el máximo de cada oportunidad para servir a otros y compartir el evangelio. El propósito no es el logro por nuestro propio bien; es tener éxito en lo que Dios ideó para que nosotros lo hagamos. Si logramos lo que Dios quiere, somos exitosos.

Espiritualmente, cada uno de nosotros puede ser un ganador en Jesucristo. Es simplemente natural desear éxito y huirle al fracaso. Todavía tengo que conocer a alguien que quisiera fracasar en la vida más que tener éxito. Nadie se plantea la meta de fracasar tantas veces como sea posible.

Sin embargo, nos conformamos con frecuencia con el simple logro cuando podríamos disfrutar el éxito real. ¿Cuál es la diferencia? El logro se concentra en metas y tácticas, mientras que el éxito enfatiza propósito y estrategia. El logro toma la vista corta, mientras que el éxito mantiene la visión larga. El logro se concentra en los triun­fos personales, mientras que el éxito opta por victorias comunitarias. Al final, el logro deja el corazón vacío y el alma jadea por más, mientras que el éxito expande el espíritu y deja al individuo profundamente contento.

Todos podemos elegir tener éxito o fracasar. Uno puede lograr muchas cosas y, sin embargo, ventilar un fracaso espectacular. Dado que prefiero triunfar, trato de recordar al menos cinco maneras en que el éxito genuino se eleva sobre el simple logro y entonces ver cómo el verdadero éxito muestra su superioridad.

Recompensas vs. Satisfacción

El trabajo arduo, la perseverancia y la determinación pueden llevar a grandes logros, los que a su vez producen recompensas impresionantes. Algunos individuos pasan toda su vida persiguiendo estas recompensas: unas oficinas en esquina, unos autos costosos, una vestimenta de diseñador, unas casas grandes, unos botes elegantes, un cargo en la junta directiva. Sin embargo, la mayoría de la gente dedicada al logro finalmente descubre que las recompensas y juguetes por los que trabajó tanto no satisfacen por mucho tiempo.

Por otra parte, el verdadero éxito trae algo que ningún beneficio material puede entregar nunca: satisfacción. "Los deleites más profundos y más satisfactorios que Dios da a través de la creación, son regalos gratis de la naturaleza y las relaciones amorosas con las personas", dice un autor. "Después que sus necesidades básicas están satisfechas, el dinero acumulado comienza a disminuir su capacidad para estos placeres en vez de aumentarla. Comprar cosas no contribuye absolutamente en nada a la capacidad del corazón para el gozo."

El logro simplemente no le llevará adonde usted quiere llegar. Dios quiere que vivamos una vida abundante y exitosa en el ámbito espiritual, de manera que rebose dentro del ámbito físico.

Fama vs. Respeto

El logro sobresaliente puede en verdad hacer renombrada a una persona. Con frecuencia, lleva a la fama. ¿Quién en nuestra sociedad tan saturada de medios no ha escuchado los nombres de Tiger Woods, Julia Roberts, Oprah Winfrey, Stephen King o Billy Graham? Todos ellos han actuado a un alto nivel en sus campos de experiencia y se han convertido, durante en el proceso, en nombres muy conocidos.

Pero, ¿cuánto exactamente vale la fama? Mark Twain pensaba que no mucho. "La fama es vapor; la popularidad, un accidente; la única certeza terrenal es el olvido", decía. El logro puede ganar la tenue fama que va y viene de acuerdo con los cambios en el gusto público, pero el éxito gana el respeto duradero. Cuan­do alguien respeta a otra persona, él o ella en rea­lidad está diciendo: "Te conozco y confío en ti. Te he visto en acción, y te has ganado mi confianza. Te has ganado mi lealtad".

Lo humano vs. Lo espiritual

El logro se siente bien y gratifica nuestro deseo de victoria, pero el sentimiento nunca dura. Mientras escribo, se están dando los partidos tanto en la Liga Nacional de Hockey (NHL) como en la Asociación Nacional de Básquetbol (NBA). En un par de semanas, ambas ligas coronarán a sus campeones. Aunque no soy profeta, puedo garantizar que ocurrirá una escena justo momentos después del pitazo final. Algún reportero colocará un micrófono muy cerca de la cara de un atleta y preguntará algo como: "¿Crees que puedan repetir esto el próximo año?".

El atleta responderá con alguna versión de: "Sólo queremos saborear esto por un rato", pero el daño ya estará hecho. Alguna porción de la satisfacción del ganador se habrá desvanecido para siempre.

El verdadero éxito implica gratificación, pero va más allá del contentamiento. Cuando usted tiene éxito en ayudar a otros a superar algún problema persistente, siente una alegría que no se desvanece. Cuando tiene éxito en las cosas que hacen sonreír a Dios, la alegría que usted siente dura y dura. Ese es el verdadero éxito.

Meta vs. Propósito

Aun hoy, usted puede atestiguar su asombrosa capacidad para lograr metas dinámicas. Metro tras metro, kilómetro tras kilómetro, todavía puede ver las asombrosas fortalezas que construyeron, fuertes, imponentes y profundamente impresionantes. Utilizaban el concreto más espeso que cualquier cosa conocida previamente, se armaban con enormes armamentos, y construían áreas con acondicionadores de aire para las tropas, áreas recreativas, residencias, almacenes de provisiones, además de las vías de ferrocarril subterráneas que conectaban varias partes de las fortalezas. A principios de la década del treinta, a los franceses les llevó varios años construir la Línea Maginot contra la invasión alemana, y no les tomó ningún tiempo a los alemanes rebasar las fortalezas al invadir Francia a través de Bélgica, dejando la línea inservible.

Hoy en día, todos reconocen la Línea Maginot como un gran logro, pero ninguno la llamaría un éxito. Aunque sus constructores lograron todas sus metas, su propósito breve condenó a la empresa completa.

Si vivimos con un propósito eterno en vez de vivir para lograr unas pocas metas a corto plazo, estamos destinados a trabajar al máximo. Los hombres y las mujeres sentirán el toque de Dios cuando nuestras vidas afecten las de ellos.

¡Pero ay de nosotros si estamos sólo logrando metas! Sin un propósito eterno, hasta lograr lo grandioso no cuenta mucho al final.

Un imperio vs. Un legado

En cualquier costa de los Estados Unidos, los visitantes pueden observar grandes tributos a imperios financieros colosales. Aquellos en la Costa Este pueden viajar a Asheville, Carolina del Norte, para ver el espectacular Piltmore Estate, un extendido complejo construido por George W. Vanderbilt en las Blue Ridge Mountains. Este complejo incluye la casa más grande de los Estados Unidos, con sus doscientos cincuenta y dos cuartos llenos de arte y antigüedades de la época. Los de la Costa Oeste pueden visitar el Hearst Castle, que incluye ciento veintisiete acres de jardines, terrazas, piscinas y casas de huéspedes, construidas por el famoso hombre de periódicos William Randolph Hearst. Una mirada a cual­quiera de esos complejos impresionantes quita toda duda de que sus constructores controlaban enormes activos y construyeron poderosos imperios.

Sin embargo, esa misma mirada revela algo más: en realidad, ya nadie vive allí. Ambas propiedades funcionan básicamente como museos proyectados para atraer turistas tontos.

Mientras viajo por el mundo, las personas que consecuentemente responden con más ansiedad al evangelio parecen ser aquellas con los estómagos vacíos. La gente de los países pobres reconoce su necesidad de Dios mucho más rápido que aquellos de los prósperos.¿Sabe por qué muchos hombres y mujeres carecen de seguridad de vida eterna? No es porque son inmorales o impíos. Es porque nunca han llevado a cabo la acción que Dios exige. La Biblia llama a la acción. Usted debe hacer algo. Jesús dice, en efecto: "Te daré vida eterna y puedes construir un verdadero legado, si sólo haces lo que te digo".Cuando la Escritura dice que somos reyes y sacerdotes, Dios tiene la intención de darnos un sentido de dignidad, autoridad y confianza. Y eso es cierto, sin importar la posición socioeconómica del creyente.

Cuando usted visita a los cristianos más pobres del mundo, como esos en las villas más remotas de Guatemala o Bolivia, hasta los creyentes iletrados pueden entrar en el salón con dignidad y confianza. Jesucristo toma hasta aquellos sin zapatos y hace que caminen con el porte de reyes y reinas.

Ese es parte del legado de Jesucristo, y sobrepasa por mucho cualquier imperio humano jamás construido.

Sea un ganador

Cada uno de nosotros, que juega el juego de la vida, terminará ya sea como ganador o perdedor, pues , en definitiva, eso depende de lo que hacemos con Jesucristo. ¿Va usted a ser un ganador? O cuando todo esté dicho y hecho, ¿será usted acaso un perdedor?

Dios hizo el juego de la vida y sus reglas, y una de ellas es esta: "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente" (Lucas 10:27). Todos nosotros jugamos en este juego de la vida. Dios quiere que todos seamos ganadores.


Este artículo fue tomado y adaptado del libro Una vida de alta definición, escrito por Luis Palau y publicado por Casa Creación. Usado con permiso.
Comentarios (1)add comment

Wilson said:

...
DIOS los bendiga.
Cuando conocemos de DIOS sabemos que todo lo que hagamos y logramos es por DIOS y pertenece a el, sigan generando estoy conocimientos estos me enriquesen.
 
abril 03, 2010
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