Vida Cristiana

El ejército

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No hay que temer", así escuchamos a menudo. No obstante, en el tercer día que comenzamos el 1 de enero del 2001, tiene que haber temor. No el temor a lo desconocido ni el temor al enemigo; ni siquiera el temor a la gran ira de Dios. Tiene que haber temor a la gran gracia de Dios.

Sirvo a Dios, no porque tema ir al infierno, sino porque temo ir al cielo. Porque cuando Él me pregunte: "¿Formaste parte de mi público, o de mi ejército?", ¿qué le voy a responder? Somos parte de un público del segundo día, o de un ejército del tercero. "Y al tercer día les dijo José: Haced esto, y vivid: Yo temo a Dios" Génesis 42:18.

Usted y yo, ambos, vamos a vivir si tememos a Dios. El temor del Señor me impulsa a luchar con más fuerza, a ir más lejos y a desaparecer.

Temo sus ojos, < pero no unos ojos encendidos de ira en contra mía. Temo provocar lágrimas en esos ojos, en lugar de dejarlos ver una sombra de quién es Él. Temo comparecer ante mi Capitán, el Señor de los ejércitos y tratar de explicarle por qué no seguí sus órdenes.

Temo sus manos; no las manos que me disciplinan con una vara, sino las manos que me disciplinan con sus llagas.

Porque todos nosotros, somos clavos o ungüento para sus manos heridas. Cada uno de nosotros somos público del segundo día, o ejército del tercero.

En el segundo día, la mayoría de nosotros formábamos parte de públicos. El espíritu de la comodidad se cernía sobre el Cuerpo de Cristo y lo dominaba. La comodidad se apega a un público; no a un ejército. Estábamos lo suficientemente cómodos como para ir a nuestras iglesias y a nuestras acolchadas bancas para escuchar sermones, alabanza y adoración como si se tratara de una función. Éramos espectadores. Alguien cantaba, otro predicaba, y nosotros llevábamos el compás con las palmas desde nuestras bancas, como si estuviéramos en un espectáculo teatral, o escuchando una ópera. Amados, formamos parte del Cuerpo de Cristo. Somos el ejército de Jesucristo. El uniforme del Cuerpo de Cristo no está formado por los atuendos y las vestiduras religiosas que hemos estado usando. El uniforme del Cuerpo de Cristo es el atuendo del soldado.

Por encima de todas las cosas, mi Dios es el Señor de los ejércitos. No es el Dios de los derrotados. No es el Dios de los que están esclavizados y en cadenas. Somos el ejército del mayor de los avivamientos. Formamos parte del ejército del tercer día.

Al final del segundo día, muchos mantenían una inclinación fija obsesiva y magnetizada hacia la predicación, enseñanza y articulación de nuestros dogmas acerca de la Gran Tribulación. Recuerdo la desesperación, el cinismo y la ansiedad que inundaron al Cuerpo a fines del año 1999. Literalmente, el terror al Y2k nos asustó hasta sacar a Dios de nuestra vida. Las iglesias y los predicadores les indicaban a sus seguidores que acumularán víveres en sus sótanos y crearan despensas y refugios para el gran día de juicio que se acercaba. Nada sucedió.

Admito que formé parte de uno de esos públicos del segundo día. Fui vocero del público del segundo día, porque temía al ejército. Temía las heridas de los hombres y mujeres de Dios que pelean en los campos de misión y en los campos de batalla de nuestras calles y ciudades, para regresar después manchados, enajenados, y agotados. Le temía a esas heridas. Vi y oí las heridas de los años ochenta, en los cuales quedaron tendidos junto al camino muchos de nuestros grandes generales. Algunos de ellos cayeron sobre su propia espada. Temí alistarme en el ejército por esas razones. Les tenía pavor a las heridas. Pero entonces descubrí una gran verdad. La herida no lo alejan a uno de Dios, sino que lo acercan a Él. Las heridas no son un tributo al fracaso, sino más bien un rasgo del éxito.

Con estas palabras me dirijo a todo aquel que ha sido herido a lo largo de toda la jornada de lo que llamamos el caminar cristiano. Muchos se han atrevido a pedirle a Dios que les quite sus cicatrices, pero ahora en este tercer día le pregunto, ¿por qué quitar las cicatrices? Que cada una de ellas se convierta en una medalla de testimonio.

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