Jesús hizo una notable declaración cuando enseñaba a sus discípulos cómo orar: "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Lucas 11:2). Esta era una oración futurista para los discípulos, pero no para Jesús. Y tampoco es futurista para nosotros porque esta oración se aplica en este momento. Permítame explicarme. Le insto a que lea con atención las siguientes páginas, porque si entiende plenamente lo que estoy a punto de decir, su vida cambiará por completo. Los fariseos tenían problemas con Jesús, ya que Él no había entrado a escena de la manera en que ellos esperaban. Debido a profecías en el Antiguo Testamento, ellos esperaban un reino mesiánico. Isaías había escrito:
"Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto" (Isaías 9:6-7).
Aquellos líderes sabían que la suya era la época de la llegada del Mesías. Recordemos cuando los sabios llegaron de Oriente. Los escribas no fueron agarrados por sorpresa ante la petición de Herodes de saber dónde nacería el Rey. Basados en las palabras de Isaías, los fariseos creían que el Mesías sólo podría llegar como un rey militar y conquistador que los libraría del gobierno y la opresión de Roma. Ellos anticipaban que Él establecería de inmediato el trono de David en Jerusalén y reinaría para siempre.
Pero cuando apareció Jesús, un nazareno, un hombre común, un carpintero de una familia pobre, y amigo de prostitutas y de la mafia (los recaudadores de impuestos eran la mafia de la época), ellos no le creyeron como Mesías. Aunque muchas personas comunes aclamaban a Jesús como "Aquel", los líderes lo rechazaron porque Jesús tenía cualidades distintas a las que ellos habían anticipado.
Por tanto, los fariseos confrontaron a Jesús: "Muy bien, si eres el Mesías, ¿dónde está el reino que Isaías dijo que tú gobernarías? ¿Por qué seguimos estando bajo la opresión romana?". Jesús respondió: "El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros" (Lucas 17:20-12).
El reino... ¿está entre vosotros? Sabemos que "vosotros" no se refería a los fariseos, porque Él les había dicho: "Vosotros sois de vuestro padre el diablo" (Juan 8:44). Jesús estaba hablando de quienes nacerían de nuevo y serían llenos de su Espíritu. Él anteriormente había prometido a quienes le amaban: "No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino" (Lucas 12:32).
¿Cuándo, entonces, iba a ser dado el reino? Sus discípulos hicieron a Jesús esta inquietante pregunta después de que Él resucitase de la muerte. Póngase usted en lugar de ellos. Finalmente estaba claro: Jesús, vivo y bien, estaba delante de aquellos fieles seguidores. Él era verdaderamente el rey que Isaías había profetizado que gobernaría en el trono de David, ¿pero dónde estaba el reino? Ellos seguían estando confusos en cuanto a esto aun antes de la ascensión de Jesús:
Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: "Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?" (Hechos 1:6).
Ellos también esperaban que se manifestase un reino físico, como lo hará un día cuando Jesús regrese a la tierra sobre un caballo blanco con sus "santas decenas de millares" (véase Judas 1:14-15; Apocalipsis 19:11-16). Mientras esperaban este trono literal en la tierra, olvidaron las palabras de Él: "El reino... está entre vosotros". Por tanto, Él corrigió el pensamiento de los discípulos, al igual que el de los fariseos:
"No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo" (Hechos 1:7-8).
Llenos de poder del Espíritu Santo, ¿para hacer qué? ¡Avanzar el Reino! Esto no era sólo para ellos sino también para nosotros, pues Pedro había proclamado a las multitudes: "Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare" (Hechos 2:39). Usted y yo estamos sin duda incluidos en ese número. Por tanto, por esta razón Pablo nos escribe a todos: "Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder" (1 Corintios 4:20). Cuando el Espíritu Santo viniera a morar en la humanidad, ¡el Reino y todo su poder estarían en nuestro interior! Ahora poseemos el poder de dar avance al Reino en los corazones y vidas de otros. Por eso la Palabra de Dios afirma: "porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Romanos 14:17).
Por tanto, en esencia, Jesús respondió la pregunta de los apóstoles; no sobre el establecimiento externo del Reino, sino sobre el establecimiento interno, el cual, desde luego, afectaría las vidas de las personas externamente. Lo increíble es que ahora podemos hacer las obras que Jesús hizo en el avance del Reino, y hasta mayores obras. Recordemos otra vez sus palabras: "Venga tu reino [el cual ha venido ahora]. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra".
-- Extracto tomado del libro Extraordinario de John Bevere. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.
















