La Dama Libertad tiene una interrogante. ¿Qué debemos hacer con aquellos que le han prestado atención a su llamado, ilegalmente? ¿Qué hacemos con los ilegales que están aquí? ¿Los deportamos? ¿Estamos moralmente obligados a acogerlos? ¿Verdaderamente somos guarda de nuestros hermanos? Para responder estas antes mencionadas preguntas primero debemos presentar dos hipótesis.
Primero, los seres humanos nunca deben describirse como ilegales. Uno puede cometer un acto ilegal, pero la existencia de uno nunca es, ante los ojos de Dios, ilegal. Este proceso de clasificación ha facilitado históricamente la legitimidad de atrocidades horribles que van desde el Holocausto hasta Ruanda, Camboya y Serbia. Los seres humanos han sido hechos a imagen y semejanza de Dios, por tanto no pueden ser ilegales. Como defensor a favor de la vida, personalmente encuentro hipócrita que los mismos votantes a favor de los valores familiares y de la vida que tan a gritos defienden la vida en el vientre, están tan inclinados a catalogar a otro ser humano de ilegal.
En segundo lugar, la respuesta es sí. Sí tenemos la obligación espiritual y moral de ayudar a aquellos que han llegado a nuestro país ilegalmente. Nuestra herencia judeocristiana lo exige, nuestra historia lo apoya, nuestros valores lo endosan y nuestro futuro lo requiere. Déjeme explicarle. Levítico 19 y Mateo 25 proveen el marco teológico para la obligación moral que requiere que miremos a estas personas indocumentadas a través del prisma de la gracia y la compasión. Como cristiano, estoy obligado a ayudar a aquellos en necesidad con el mismo espíritu del Buen Samaritano. El problema se centra en los lentes que usamos para ver el mundo. Si veo el asunto de la inmigración a través del lente de la ideología política, entonces veremos a aquellos alrededor nuestro, ya sea a través de los lentes de Glen Beck o Rachel Maddow.
No obstante, si yo me levanto por la mañana y comienzo a ver el mundo no como republicano, conservador, demócrata, liberal, blanco, negro o latino, sino como hijo de Dios, entonces el mundo a mi alrededor surge como un escenario de oportunidad para la misericordia, la compasión, la renovación y la esperanza. La tolerancia se convierte en mi apodo, la caridad en mi faro y la justicia en mi aspiración.
Déjeme ser claro. Debemos detener toda inmigración ilegal. Necesitamos legislación que proteja nuestras fronteras y que termine con la inmigración ilegal, que creen un programa para los trabajadores visitantes y facilite que las que millones de familias ya establecidas en EE.UU. que carecen de estatus legal lo ganen de una manera que refleje el valor judeocristiano bajo el cual fue fundado nuestra nación.
Aquí descansa el reto, ¿podemos reconciliar Levítico 19 y Romanos 13? ¿Podemos repudiar la retórica xenofóbica y nativista, echar a un lado los extremos tanto del lado derecho como el izquierdo y convergir alrededor del nexo del centro de la cruz donde la rectitud se encuentra con la justicia, la seguridad en la frontera se encuentra con la compasión y el sentido común se encuentra con puntos en común?
Sí, y así es cómo. Debemos permitir que los millones de indocumentados y que se someten a la ley que viven entre nosotros, salgan de la sombra. El camino para obtener la ciudadanía legal o residencia temporera debe envolver un programa de legalización para indocumentados en EE.UU., sujeto a las penalidades apropiadas, periodos de espera, verificación de antecedentes, evidencia de carácter moral, compromiso para participar plenamente en la sociedad estadounidense a través de un entendimiento del idioma inglés, los derechos y las obligaciones de los ciudadanos, de la estructura del gobierno de EE.UU. y abrazar los valores estadounidenses.
Debemos regresar a una política de inmigración racional que reconoce que somos tanto una nación de inmigrantes como una nación de leyes. Es nuestra obligación proveer una solución justa para aquellas personas que actualmente están indocumentadas bajo la política actual. Esa solución no es ni amnistía ni deportación en masa. Una política justa pondría a los indocumentados que cumplen con la ley en tres caminos: Uno lleva a buscar obtener la ciudadanía legalmente o la residencia legal, otra lleva a obtener el estatus legal de trabajador visitante y uno lleva de nuevo a la frontera incluyendo un proceso rápido de deportación para delincuentes indocumentados.
Porque al final del día, la Dama Libertad aún está parada con un mensaje al mundo que dice: "Dadme a los hastiados, a los pobres, a las muchedumbres que ansían respirar la libertad". El momento que dejemos de ser los guardas de nuestros hermanos, dejaremos de ser EE.UU.
Rev. Sammy Rodríguez es el presidente de la Conferencia Nacional de Liderazgo Hispano Cristiano (NHCLC, por sus siglas en inglés) que sirve a más de 25,000 iglesias hispanas en los Estados Unidos
















