He oído describir al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como las tres partes de un huevo: el cascarón, la materia blanca, y la yema. También he oído a personas decir que Dios es como un trébol de tres hojas: tres "brazos" y, sin embargo, todos son parte del único tallo del trébol. Otra comparación popular es con los tres estados del agua: líquido, sólido y gaseoso. Aunque sirven como bonitas metáforas para un misterio inexplicable, el hecho es que Dios no es como un huevo, un trébol de tres hojas, o los tres estados del agua. Él es incomprensible, incomparable, y distinto a cualquier otro ser. Él está fuera de nuestra esfera de existencia y, así, fuera de nuestra capacidad de categorizarlo. Aunque las analogías pueden ser útiles para entender ciertos aspectos de Él, tengamos cuidado de no pensar que nuestras analogías de alguna manera encierran su naturaleza.
Al comenzar a estudiar las verdades básicas del Espíritu Santo podríamos comenzar remontándonos a Génesis, donde vemos que el Espíritu estaba presente y activo en la creación, y después rastrear sus actos a lo largo de todo el Antiguo Testamento. Pero comenzaremos nuestro repaso en el libro de Hechos, cuando el Espíritu descendió y comenzó a morar en los discípulos. Ahora bien, aquellos son los mismos discípulos que estaban dedicados a seguir a Jesús a pesar de todo, pero que se dispersaron en cuanto Jesús fue arrestado. Y aquí están reunidos juntos, sin duda confundidos en cuanto a cómo deberían proceder ahora que Jesús había ascendido. Sin embargo, cuando descendió el Espíritu Santo y moró en ellos, se produjo un cambio radical. Desde ese momento en adelante, ninguno de los discípulos volvió a ser el mismo.
El libro de Hechos es un testamento de este hecho. Leemos de Esteban, el primer mártir. Vemos a Pedro, un hombre cambiado y valiente. Vemos a Pablo (anteriormente Saulo) pasar de matar a seguidores de Cristo a convertirse en uno de ellos y mostrar a muchos otros cómo hacerlo también. Ellos ya no eran tímidos ni estaban confundidos; eran valientes e inspirados, y comenzaron a declarar y a vivir el evangelio de Jesús mediante el poder del Espíritu Santo. Piense en qué momento tan importante fue este en las vidas de los discípulos.
Una multitud de personas se había reunido. Pedro predicó un convincente sermón, y cuando ellos oyeron sus palabras, quedaron "profundamente conmovidos" y preguntaron cómo deberían responder. Pedro contestó: "Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados -les contestó Pedro-, y recibirán el don del Espíritu Santo. En efecto, la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los extranjeros, es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar" (Hechos 2:38-39). El texto dice que aquel día unas tres mil personas pasaron a ser parte del reino de Dios y aceptaron el don del Espíritu Santo.
Podemos fácilmente pasar por alto lo fundamental del mensaje de Pedro. Cuando yo estaba predicando sobre este pasaje en mi iglesia, mi hija de siete años, Mercy, lo entendió. Se acercó a mí después y dijo: "Papi, quiero arrepentirme de mis pecados y ser bautizada y recibir el don del Espíritu Santo". Me encantó la simplicidad y la grandeza de su fe. Ella no necesitaba debatir los puntos más detallados de cómo y cuándo, exactamente, llegaría el Espíritu Santo; ella sencillamente quería obedecer el pasaje lo mejor que sabía. Entiendo que Mercy no tiene el conocimiento bíblico que muchos de nosotros tenemos, pero me pregunto cuántos de nosotros tenemos la fe que ella tiene. ¿Es esa su respuesta a la Palabra? ¿Está claro para usted que debe arrepentirse, ser bautizado, y recibir el Espíritu Santo? ¿Por qué a veces sentimos que necesitamos debatir esto sin fin, pasando por todas las situaciones hipotéticas y respondiendo antes a todas las preguntas teológicas? ¿Cuándo responderemos sencillamente a la verdad que hemos oído y después desde ahí trabajaremos en las preguntas que tengamos?
Verdades prácticas sobre el Espíritu Santo
Ahora que tenemos un contexto en cuanto a cómo vino el Espíritu Santo a los primeros discípulos y lo que se nos dice que hagamos como respuesta, cambiaremos el enfoque a algunas verdades prácticas sobre quién es el Espíritu y lo que Él hace en nuestras vidas.
1. El Espíritu Santo es una Persona. Él no es un borroso "poder" o "cosa". Con frecuencia oigo a personas referirse al Espíritu como un "ello", como si el Espíritu fuese una cosa o una fuerza que nosotros podemos controlar o utilizar. Esta distinción puede parecer sutil o trivial, pero en realidad es un mal entendimiento muy grave del Espíritu y de su papel en nuestras vidas. En Juan 14:17 leemos que el Espíritu "vive con ustedes y estará en ustedes". Esto nos llama a una relación con el Espíritu, en lugar de permitirnos pensar que podemos tratar al Espíritu como un poder que agarrar a fin de lograr nuestros propios propósitos. El Espíritu Santo es una Persona que tiene relaciones personales no sólo con creyentes, como hemos visto, sino también con el Padre y el Hijo. Vemos al Espíritu obrando en conjunción con el Padre y el Hijo en múltiples ocasiones a lo largo de las Escrituras (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14).
2. El Espíritu Santo es Dios. Él no es un tipo de Ser menor o diferente de Dios Padre o Dios Hijo. El Espíritu es Dios. Las palabras Espíritu y Dios se utilizan de forma intercambiable en el Nuevo Testamento. En Hechos leemos del desafío de Pedro a Ananías: "¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno?... ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres sino a Dios!" (5:3-4). En estos versículos vemos que Pedro explícitamente se refiere al Espíritu Santo como Dios. Es vital que recordemos esto. Cuando olvidamos al Espíritu, realmente estamos olvidando a Dios.
3. El Espíritu Santo es eterno y santo. Leemos en el Evangelio de Juan sobre la promesa de Jesús a sus discípulos de que el Espíritu estará con ellos para siempre (14:16). Y en Hebreos leemos que fue mediante "el Espíritu eterno" que Jesús "se ofreció sin mancha a Dios" (9:14). El Espíritu no es sólo un espíritu volátil y caprichoso que viene y va como el viento. Él es un ser eterno. El Espíritu es también santo. Obviamente, comúnmente le llamamos "Espíritu Santo", y esto se refuerza en todo el Nuevo Testamento (Romanos 1:4 y 5:5 son dos ejemplos). Pero consideremos este hecho increíble: debido a que el Espíritu es santo y vive en nosotros, nuestros cuerpos son santuarios santos desde el punto de vista de Dios. Con demasiada frecuencia despreciamos nuestros cuerpos como fuente de pecado y de nuestro estado caído; sin embargo, ¡ellos son precisamente el lugar donde Dios Espíritu escoge vivir!
4. El Espíritu Santo tiene su propia mente, y Él ora por nosotros. Romanos 8:27 dice: "Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios". No sé de usted, pero a mí me resulta muy consolador el pensamiento de que el Espíritu de Dios ora por mí según la voluntad de Dios. Muchas veces en mi vida no he sabido qué orar, ya fuese por mí mismo o por otros. Otras veces oro cosas estúpidas. Por ejemplo, hace tiempo estaba yo jugando al golf con algunos amigos y decidí que realmente quería golpear en los setenta (generalmente estoy en los noventa). Así que, en un momento de superficialidad, oré que Dios me capacitase para jugar mi mejor partido. Supongo que el Espíritu Santo también estaba orando, porque aquel día tuve 115 golpes (posiblemente mi peor marcador). El Espíritu sabía que yo necesitaba trabajar en mi enojo y mi humildad, en lugar de añadir a mi orgullo.
En cualquier situación dada, puede que no sepamos exactamente cómo deberíamos orar o qué deberíamos hacer; pero podemos tener confianza en el hecho de que el Espíritu Santo conoce nuestro corazón y la voluntad de Dios, y Él siempre intercede por nosotros.
5. El Espíritu tiene emociones. Por mucho tiempo, siempre que leía que no hemos de entristecer al Espíritu Santo (Isaías 63:10; Efesios 4:30), pensaba que eso era un poco exagerado. Casi parece un sacrilegio decir que yo podría entristecer a Dios. ¿Quién soy yo para tener tal poder sobre el Espíritu? Eso no parece correcto. De hecho, hasta parecía incorrecto decir que Dios tiene sentimientos; por alguna razón, yo sentía que eso le menospreciaba. Batallé con esos pensamientos durante un tiempo hasta que finalmente comprendí de dónde provenían. En nuestra cultura, tener sentimientos o emociones se equipara con debilidad. Eso es una mentira que está profundamente arraigada en muchos de nosotros.
Dios creó los sentimientos. Sin duda, como cualquier otra cosa, se pueden malentender y abusar de ellos; pero la intención y el propósito de los sentimientos vino de Dios. Ya que Él creó las emociones, ¿por qué es difícil creer que Él mismo tenga emociones? El Espíritu se entristece cuando se produce una brecha en la relación, ya sea en la relación con Dios o en la relación con otras personas. Cuando no estamos unidos, somos desagradables, odiamos, tenemos celos, murmuramos, etc., es cuando entristecemos al Espíritu de Dios. Y ya que Él es el creador de las emociones, yo creo que el Espíritu se entristece más profundamente de lo que nunca podremos entender.
¿Cómo responde usted cuando oye esto? ¿Le molesta? ¿Cuándo fue la última vez que usted sintió tristeza porque su pecado causó dolor al Espíritu Santo? Hace algún tiempo, dos mujeres de mi iglesia se enojaron cada vez más una con la otra. Los tres nos sentamos en mi oficina, y yo les escuché expresar apasionadamente las razones de su frustración. Yo carecía de sabiduría para decidir quién "estaba más equivocada". Simplemente lloré mientras ellas hablaban. Les dije que estaba profundamente entristecido porque sabía lo que mucho que nuestro Padre aborrecía eso. Aunque es raro que me hagan llorar, ha habido numerosas ocasiones en que soy abrumado por la tristeza que miembros de la iglesia Cornerstone han amontonado sobre el Espíritu Santo mediante la terquedad y la falta de perdón.
Creo que si verdaderamente nos preocupásemos por la tristeza del Espíritu Santo, habría menos peleas, divorcios y divisiones en nuestras iglesias. Quizá no se deba a una falta de fe sino a más bien a una falta de preocupación. Oro por el día en que los creyentes se preocupen más por la tristeza del Espíritu Santo que por la suya propia. De hecho, oro para que algunos de ustedes, lectores, sean quebrantados por la tristeza que han causado al Espíritu Santo. Tan quebrantados que realmente dejen a un lado este libro y trabajen para resolver cualquier conflicto que tengan con otros creyentes (Romanos 12:18).
6. El Espíritu Santo tiene sus propios deseos y voluntad. En 1 Corintios leemos que los dones del Espíritu "lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina" (12:11). Este es un importante recordatorio de quién tiene el control. Al igual que nosotros no somos quienes escogemos los dones que se dan, tampoco escogemos lo que Dios quiere para nosotros o para la iglesia. El Espíritu tiene un plan para nuestras vidas, para cada uno de nosotros. Y Él tiene un plan para la iglesia, incluyendo su congregación local individual y el cuerpo global de Cristo.
Si es usted como yo, probablemente tenga un plan para su propia vida, para su iglesia, y quizá para el cuerpo de Cristo en general. Por eso necesitamos desesperadamente orar, como hizo Cristo: "No se haga mi voluntad, sino la tuya".
7. El Espíritu Santo es omnipotente, omnipresente y omnisciente. Estas son palabras teológicas que esencialmente significan que el Espíritu todo lo puede (por ej., Zacarías 4:6), está presente en todas partes (por ej., Salmo 139:7-8), y todo lo sabe (por ej., 1 Corintios 2:10b), respectivamente. Estos son algunos de sus atributos que nunca comprenderemos totalmente como seres humanos finitos. En Isaías leemos: "¿Quién puede medir el alcance del espíritu del Señor, o quién puede servirle de consejero?" (40:13).
Aunque nunca seremos capaces de articular perfectamente o completamente estos atributos, que estos aspectos del Espíritu nos guíen a alabar, ¡aun con palabras imperfectas y un entendimiento incompleto!
-- Extracto tomado del libro El Dios olvidado de Francis Chan. Una publicación de Casa Creación. Usado con permiso.
















