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Riesgo, ¿opción u obligación?

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Un ensayo escrito por el licenciado en psicología Spencer Johnson, titulado "¿Quién se ha llevado mi queso?", trata sobre el cambio que tiene lugar en un laberinto donde cuatro divertidos personajes buscan "queso". El queso es una metáfora de lo que uno quiere tener en la vida, ya sea un trabajo, una relación amorosa, dinero, una gran casa, libertad, salud, reconocimiento, paz interior, o incluso una actividad como correr o jugar al golf, según Kenneth Blanchard, presidente de Blanchard Training & Development.

En el cuento había cuatro personajes, dos ratones y dos personitas del tamaño de los ratones. Todos corrían detrás de la obtención de su porción de queso. Pronto los cuatro encontraron un lugar lleno de queso al que denominaron "Central quesera". Tenían suficiente queso como para pasar una temporada muy larga sin seguir buscando su botín preciado. Un día los ratones notaron que ya no había queso, se perdieron de la vista de las personitas quienes se dieron cuenta un rato más tarde de la ausencia del queso. Había que tomar una decisión: o se quedaban a llorar por el queso que ya no estaba, o enfrentaban nuevos peligros y se ponían en forma para poder conseguir más queso. El primero de los dos eligió la primera opción. Tuvo miedo paralizante, lloró y preguntó mil veces: "¿Quién se ha llevado mi queso?". Se quedó inmóvil. El segundo tuvo miedo, pero eso lo retó a buscar una opción más alentadora. Buscó una oportunidad de encontrarse con un nuevo sitio en el laberinto donde reposar y comer queso. Aprendió que los cambios pueden ser oportunidades para mantener en alto el estado físico, anímico y emocional.

Los líderes enfrentamos cambios constantes en nuestros ministerios. En ocasiones, no podemos alcanzar otra meta, porque estamos muy engolosinados con el premio ya adquirido. Pero cuando éste se acaba, hay que tomar el riesgo de ampliar la visión, ajustar detalles en la misión o cambiar radicalmente el modelo de trabajo. Tenemos que salir de la comodidad de tener todo el queso a nuestra disposición, para encontrar al final del laberinto de la vida un queso de mayor proporción que brinde mejores ventajas a nuestro propósito.

¿Qué harías si no tuvieras miedo?

"Si no cambias, te extingues", esta fue la frase que el segundo hombrecito del relato le dejó a su amigo para ayudarlo a animarse a salir en busca de un nuevo objetivo, pero el primer hombrecito prefirió quedarse a sollozar por lo perdido.

El segundo hombrecito se preguntó qué haría si no tuviera miedo y supo que hay dos clases de miedo: el bueno y el malo. Reflexionó que el miedo puede llevarte a la desidia o a la acción en pro de una mejora. "Más vale tarde que nunca", se dijo con una exangüe sonrisa y se lanzó a la aventura.

A nosotros nos puede suceder lo mismo. Cuando enfrentamos crisis las opciones son las mismas. La salida más rápida, segura y a veces menos usada, es la de recurrir a Dios pidiendo sabiduría y protección para enfrentar los peligros desconocidos del laberinto de la vida. Es simple y sencillo, pero debemos admitir que muchas veces queremos volver a la esclavitud en Egipto que afrontar la libertad del desierto con las consecuencias de nuestras decisiones.

Avanzar en una dirección nueva ayuda a encontrar un nuevo queso

Si pensamos detenidamente en las causales de nuestro miedo a los cambios o a tomar riesgos, descubrimos que muchos de ellos si desaparecieran nos dejarían libre el camino para avanzar hacia un nuevo destino. Nuestros miedos suelen distraernos y ocupamos el tiempo sin mucho éxito. Si dejas atrás el miedo descubres que puedes ser libre. Y nosotros, los cristianos ¡somos libres! Porque conocemos la Verdad que ya nos hizo libres en la cruz del calvario.

Si cambia la trayectoria de nuestro ministerio hacia un nuevo desafío comenzaremos a disfrutar del sueño que Dios nos da como una nueva visión. A veces son los pequeños cambios los que nos ayudan a vislumbrar otros mayores que vienen en camino.

Dice el cuento que el segundo hombrecito se echó a reír y se dio cuenta de que había empezado a cambiar cuando había aprendido a reírse de sí mismo y de lo mal que estaba actuando. Advirtió que la manera más rápida de cambiar es reírse de la propia estupidez. Después de hacerlo, uno ya es libre y se puede seguir avanzando.


Supo que había aprendido algo muy útil de Oli y Corri, sus amigos los ratones, sobre el hecho de avanzar. Los ratones llevaban una vida simple. No analizaban en exceso ni complicaban demasiado las cosas. Cuando la situación cambió y el queso se movió de sitio, ellos hicieron lo mismo.

Animarse a correr riesgos haciendo cosas nuevas

Me gusta pensar que cuando la Biblia dice que todas las cosas en Cristo "son hechas nuevas" y que "todo es hermoso en su tiempo", nos alienta a correr riesgos, a vencer el temor a lo nuevo y desconocido para producir cambios en nuestros entornos.

Analizar los errores del pasado y trazar un nuevo plan para el futuro puede ser provechoso, pero debemos aprender a convivir con el cambio. Dios es un Dios de orden, pero es un Dios que produce constantes cambios en nuestras vidas para que le sirvamos conforme a su propósito divino. Los humanos nos acostumbramos a la comodidad, nos quejamos de la rutina, pero nos atemorizan los grandes cambios. La moraleja de este cuento es que hay que prestar atención a los cambios pequeños, para que poco a poco los grandes cambios sean oportunidades para disfrutar la vida.

Dijo Salomón en Eclesiastés 5:18: Esto es lo que he comprobado: que en esta vida lo mejor es comer y beber, y disfrutar del fruto de nuestros afanes. Es lo que Dios nos ha concedido; es lo que nos ha tocado.

La próxima vez que el cambio irrumpa tu vida, medita en la posibilidad de asumir los riesgos.

 

Dr. Esteban Fernández es pastor y vicepresidente del Concilio Global Casa Sobre la Roca I.C.I. También es fundador presidente del ministerio de Capacitación "Nuestra Fortaleza". Puede escribirle a: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

 

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